Ayer decidí que me gusta el vestuario del gimnasio.
Vamos a ver, no me malinterpretéis. La verdad es que soy una persona muy, muy pudorosa, así que siempre he llevado regular eso de los vestuarios, con gente sudorosa que viene de hacer deporte y vapor y calor y humedad y taquillas desordenadas y algún calcetín maloliente que ha quedado abandonado. Bueno, esa es la imagen que siempre vemos en las películas, pero el vestuario del gimnasio al que yo voy no es así.
Vamos a ver, no me malinterpretéis. La verdad es que soy una persona muy, muy pudorosa, así que siempre he llevado regular eso de los vestuarios, con gente sudorosa que viene de hacer deporte y vapor y calor y humedad y taquillas desordenadas y algún calcetín maloliente que ha quedado abandonado. Bueno, esa es la imagen que siempre vemos en las películas, pero el vestuario del gimnasio al que yo voy no es así.
Es un vestuario ordenado, limpio y nuevo. No hay charcos de agua en las duchas, ni bolas de pelusas o calcetines abandonados. Lo del vapor, el calor y la humedad ya es otra cosa. Eso no cambia nunca.
Pero me gusta porque todas las chicas van a su rollo.
El equipo femenino de natación acaba de entrar, arman mucho alboroto y se ayudan unas a otras a ponerse el gorro. Gastan bromas, hay complicidad entre ellas y en cuanto salen a la piscina el vestuario se queda como vacío.
Las personas restantes que quedamos no nos conocemos, pero siempre se acaba cruzando alguna palabra. "¿Te importa que enchufe aquí el secador?" o "Perdona, se te han caído las gafas", o simplemente el clásico "hasta luego" al salir.
La señora mayor se embadurna en crema. Tiene el pelo mojado, corto y muy desordenado. Sin embargo, parece ágil y constante: se nota que no es de las que está apuntada al gimnasio pero luego no vienen nunca.
Esa otra se alisa el pelo frente al espejo. Ha venido cargada con un secador gigante y un cepillo circular. Se sacude el pelo, se pone cabeza abajo, se peina las puntas. Es asombroso la cantidad de chicas que se alisan el pelo.
Ahí está la chica Erasmus del Este de Europa. Se pasea por un lado a otro como Pedro por su casa, luciendo un maravilloso conjunto de ropa interior. Lleva más de media hora poniéndose guapa. El vestuario me gusta por eso: por lo mucho que cambia la gente durante el proceso. Es increíble. Esta chica estaba distinta con el bañador, el pelo recogido y el gorro. Pero poco a poco empieza a vestirse, empieza a cubrirse con un jersey y unos vaqueros. Antes de verla vestida, no me la habría imaginado con un conjunto tan normal. Ahora se suelta el pelo desordenado y mojado, y se planta delante del espejo para secárselo. Mientras se peina, descubro que su melena enmarañada ocultaba un flequillo, que ahora luce seco y brillante. Si me la llego a cruzar en otra parte, jamás habría caído en que es la misma chica que hay en el vestuario.
Esta otra no se ha dado cuenta de que ha empezado a tararear. Es una yo cualquiera: somos ese grupo de personas a las que les distrae arreglarse, quienes aprovechan el momento de ducha para pensar y reflexionar cosas profundas. Y acabamos cantando. Sólo que yo, en el vestuario, me percato de momento y entonces me callo para no molestar. O por vergüenza. Pero ella no se ha dado cuenta, y canta alguno de los últimos éxitos que suenan en la radio. No lo hace mal.
Tras ponerme el abrigo, cerrar la bolsa y cargarme con todo, me miro una última vez al espejo.
- Hasta luego -digo, y salgo del vestuario del gimnasio.
*
